corredor
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No todos los días brilla el sol, ni todos los días el cuerpo está en perfectas condiciones para entrenar, a veces el físico quiere menos y la inteligencia del corredor está en saberlo escuchar.

Para quienes siguen un plan de entrenamiento, es muy importante entender que es una planificación aproximada, no una ley inquebrantable. Nuestro organismo no es matemático, hay días mejores y días peores, escucharlo es la mejor forma de llevarlo a su máximo potencial.

Demasiadas veces, los corredores son extremistas y las únicas alternativas que manejan son: hacer o no el entrenamiento. Sin embargo, en las opciones intermedias, suele estar la mejor alternativa.

Por ejemplo, si estaba planificado un trote de 90 minutos, pero el cansancio previo se hace sentir demasiado, puede ser mucho mejor hacer 60 o 70 minutos a no hacer nada. O si la fatiga es muy grande, un trote de 40 minutos suaves para ayudar a recuperar, y poder realizar los 90 minutos cuando el cuerpo pueda asimilarlo.

Lo mismo sucede con el entrenamiento intervalado,  este suele ser el más intenso y en algunos casos puede ser que cueste mucho el ritmo programado y las sensaciones no sean las mejores. Sin embargo, que no se pueda cumplir con exactitud con lo planificado, no quiere decir que se deba abandonar.

Si el tiempo se va muy lejos, se puede acortar la distancia del intervalo, tratando de mantener el mismo ritmo, o bien, dejar de mirar el reloj, controlar solo las pausas, y que ese día el cuerpo haga lo que sienta. Si es importante recordar hacer una buena vuelta a la calma luego de ese entreno, más cuando no salió tan bien, para dejar al organismo de la mejor forma posible para la próxima salida.

 

Cuando el limitante no es el cansancio, sino el dolor, hay que ser mucho más objetivo y prudente. Si bien es un deporte donde el esfuerzo se ve bien recompensado, correr contra un dolor puntual, más aún, contra una lesión, es lo menos inteligente que se puede hacer. Siempre gana la lesión, siempre pierde el runner.

La paciencia debe ser otra gran virtud, detenerse, solucionar la dolencia, y volver a correr cuando el cuerpo lo tolere sin dañarse, es una decisión tan difícil como personal, pero muchas veces es la diferencia entre disfrutar de por vida del running o abandonar la practica cargado de frustración.

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El daño puede ser no sólo muscular o articular, sino a nivel orgánico. Un resfrío puede arruinar la mejor preparación para una competición, es importante redoblar los cuidados previos a una gran cita. En esas situaciones, con mucho frío y lluvia, la cinta puede ser una buena opción si toca un trote suave, evitando correr riesgos de enfermarse.

Con el sentido común como guía, la clave está en saber si: estamos cuidando al cuerpo o bien dando una excusa a una mente que no quiere moverse. En el primer caso, la prioridad es mantenerse sano, en el segundo, con un suave empujón motivacional, seguro se encontraran las razones que faltan para correr, una vez que estemos corriendo.

flickr photo by tomaszd http://flickr.com/photos/tdd/3524971913 shared under a Creative Commons (BY) license

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